¿Qué es el fundamentalismo? Crítica del poder occidental y cristiano


      5.--------- LA LIBERTAD HUMANA:

      El fundamentalismo y la libertad humana se repelen mutuamente: son antagónicos irreconciliables. La única posibilidad de superación dialéctica de esa total confrontación radica en la transformación histórica de las bases materiales que la sustentan. No hay otra alternativa ni vía para superar ese sistemático enfrentamiento que dura ya más de dos y medio milenios, desde que las primeras y prometedoras filosofías materialistas y ateas fueron atacadas por los poderes político-religiosos. Incluso habiéndose extinguido esas bases, durante bastante tiempo perdurarán los efectos secundarios de la prolongada alienación padecida por la humanidad; pervivirán como espectros que se resisten a desintegrarse en la nada, ni siquiera en el recuerdo de los más ancianos.

      Pero en la medida en que se mantengan las condiciones sociales que propician y exigen incluso el método fundamentalista, en esa medida, se multiplican las trágicas consecuencias que generan. Aquí no es posible la neutralidad. No es éticamente correcta la postura ambigua ante problemas que atañen a la misma definición de ser humano, que si se define por algo lo es por ser el mismo el constructor de su libertad.

      5-1.- Impotencia de la izquierda:

      La razón occidental está explotando al máximo las represiones de los derechos humanos en su interpretación burguesa en Irán oficialmente, en Argelia por parte de los islamistas, etc. Muy en concreto, está utilizando carroñeramente las muertes de mujeres y niños. Además, la razón occidental -razón en cuanto esquema interpretativo y valorativo de lo existente- intenta ganar legitimidad, y lo consigue, presentándose como la depositaria de un saber humanista, neutralmente científico, progresista y tolerante. Una pléyade de intelectuales que mantienen silencio ante sangrantes problemas internos y externos a sus países, se dedican empero a excomulgar y condenar con todos los descalificativos imaginables las luchas de los pueblos no occidentales.

      Su método es simple: primero, mezclan en un magma irreconocible todas las luchas y reivindicaciones. Después, califican de fundamentalistas a los actos violentos realizados por las organizaciones que sostienen esas luchas, pero nunca dicen nada, o muy poco y totalmente tergiversado, de los Estados y poderes existentes, de sus prácticas y de sus servidumbres para con transnacionales y Estados imperialistas, a los que siempre disculpan o ni siquiera nombran. Simultáneamente, olvidan o silencian el pasado de esos pueblos, las agresiones que han sufrido y los efectos presentes. Luego, aprovechando semejante confusión desinformativa, no dudan en recurrir a las más viles manipulaciones y tergiversaciones de imágenes, de hechos y de acontecimientos, para condicionar y limitar la capacidad de entendimiento de la audiencia. Por último, extienden el calificativo de fundamentalista a la totalidad del pueblo que han elegido para criminalizar internacionalmente.

      El problema que tenemos en las izquierdas es que hemos aceptado desde hace mucho tiempo las interpretaciones burgueses de "libertad", "justicia", "progreso", "desarrollo", etc., de modo que nos resulta imposible pensar con independencia de criterios y, desde esa independencia crítica, oponer argumentos revolucionarios al fundamentalismo e integrismo en cualquiera de sus formas, sobre todo al occidental y cristiano. Las izquierdas estamos atrapadas en la jaula de oro del metalenguaje burgués: de tanto decir que entre nosotros existe la democracia aunque imperfecta, apostillamos de inmediato por eso del Pepito Grillo que agoniza en nuestra conciencia, hemos terminado creyendo que también existe en otros Estados por el simple hecho de ser aliados de los de aquí. Por tanto, dado que estos y aquellos son "demócratas", sus enemigos son anti-"demócratas".

      Y como resulta que alguien ha decidido que la mejor forma de defender la "democracia" es la de calificar de fundamentalistas a los anti-"demócratas", desde ese momento, la inlectualidad de izquierdas, excepto honrosos casos, se ha lanzado a descuartizar el fundamentalismo según lo define el Capital. No se hace ningún esfuerzo por descubrir qué fuerzas organizadas, que gran corporación transnacional o grupo de presión, o simplemente colectivo pagado por servicios estatales, está detrás de la explosión de publicaciones que dicen lo mismo sobre lo mismo pero variando alguna coma. No se hace ningún esfuerzo teórico por relacionar la sospechosa coincidencia de esa proliferación de publicaciones con la contraofensiva neoliberal en curso. Menos aún, se hacen esfuerzos teóricos, históricos y políticos por conocer, relacionar y criticar la dogmática burguesa sobre sus libertades, su fundamentalismo y los instrumentos de terror que llega a usar para imponer o defender sus intereses de clase.

      5-2.- Responsabilidad histórica:

      El fundamentalismo occidental y cristiano es el más perverso e inhumano no sólo por la manifiesta superioridad cuantitativa de sus horrores y crímenes a lo largo de veinte siglos comparado con los fundamentalismos sapienciales y con el judaísmo, o de trece siglos si lo comparamos con el islamismo. Se puede objetar que resulta difícil, por no decir imposible, demostrar cuantitativamente esta afirmación. Se puede decir que estoy haciendo un mero juicio de valor, una condena subjetiva y parcial, y que todo depende de la posición del sujeto que emite el juicio, de sus intereses y de los criterios que emplea. Sostengo que, a la contra, es posible, necesario y bueno evaluar, cuantificar, los efectos del fundamentalismo occidental y cristiano. Se puede responsabilizar a un sistema sociopolítico y socioeconómico, a una clase social, a un Estado, de los sufrimientos que causa por la sencilla de que el sufrimiento es medible. El llanto de una niña, el dolor y la extenuación, el hambre de un anciano, la desolación de una esclava, la tristeza helada de un parado, la amargura de un pueblo también se miden cuantitativamente, se pesan y equiparan en la balanza del humano sufrimiento histórico.

      Durante los años sesenta empezaron a cobrar fuerza los indicadores sociales de bienestar colectivo. Ya existían con anterioridad algunos de ellos, pero es con el boom consumista y el mito de la desaparición de las contradicciones clasistas, cuando se perfeccionan en Occidente. En los años setenta, el sistema oficial para medir el llamado "bienestar social" era la evolución del Producto Nacional Bruto, el PNB; método con claras deficiencias en todos los sentidos. Desde comienzos de los ochenta, bajo las directrices neoliberales, los Estados occidentales reducen la aplicación de los indicadores sociales, para no dar publicidad a los alarmantes datos sobre el empeoramiento de las condiciones de vida y trabajo de la gente. Paralelamente, se constata un aumento del malestar social subconsciente e inconsciente en toda la sociedad occidental: psicopatologías y desarreglos psicológicos, drogadicciones, suicidios, agresividad latente o manifiesta, enfermedades psicosomáticas...

      La situación empeora aceleradamente en las sociedades "subdesarrolladas", que ni siquiera pueden aplicar los medidores sociales. Allí donde se consigue aplicar con alguna continuidad el método PQLI, o Indice de Calidad Física de Vida, que es una media simple no ponderada de índices no representativos de mortalidad infantil, esperanza de vida a la edad de un año y alfabetización básica, en esos sitios de aplicación, los resultados son demoledores. Bajo fuertes presiones en contra por parte del imperialismo y de las grandes instituciones mundiales, FMI, Banco Mundial y otras, se publica en 1990 el primer Informe de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Humano, que intenta superar las deficiencias de los indicadores anteriores. El impacto que producen sus revelaciones anima a determinadas organizaciones de solidaridad a perfeccionar los métodos y a publicar sus resultados. Pero no tarda la respuesta del imperialismo: con la excusa de que no hay dinero y de que muchas de esas organizaciones, y sobre todo la Unesco, están controladas por comunistas, se van cortando las subvenciones internacionales, estatales y privadas. A la vez, el FMI y el Banco Mundial crean sus propios indicadores e inundan las transnacionales de la desinformación con resultados amañados y parciales que, empero, no tienen más remedio que reflejar parte de la realidad.

      Podemos, entonces, medir y cuantificar el sufrimiento humano; aunque el sólo hecho de intentarlo implicar inicial una pelea teórica sobre el status de cientificidad no sólo de las ciencias sociales, sino del indicador escogido. También aquí se activa la lucha permanente entre el conocimiento crítico y emancipador y el dogma reaccionario siempre al servicio de poderes establecidos. Por tanto, podemos decir con datos en la mano, que el fundamentalismo occidental y cristiano es el más inhumano porque cualitativamente el fundamentalismo occidental y cristiano ha generado el más irreconciliable antagonismo entre las capacidades productivas jamas existentes y las miserias humanas que le son inherentes. Nunca en su historia nuestra especie ha dispuesto de tantas posibilidades de bienestar y empero, jamás ha padecido tanto dolor y quebranto como en la actualidad. Esta contradicción antagónica entre lo posible y lo real, entre lo que podría existir y lo que realmente existe, es el criterio cualitativo, objetivo e innegable que demuestra la catadura burguesa.

      La sociedad occidental, en primer lugar, ha sembrado la desolación en todas las sociedades precapitalistas, destruyéndolas y condenándolas a la miseria; en segundo lugar, tras desarraigarlas, las ha introducido a la fuerza, por la violencia pública y por la sorda coerción económica, en las esferas concéntricas de la expoliación, intercambio desigual y esquilmación unidireccional. En tercer lugar, en su interior también hizo lo mismo, pero lo ocultó parcialmente bajo las sobreganancias obtenidas con los genocidios coloniales. Por último, en cuarto lugar, cuanto más desarrolla las potencialidades productivas, tecnocientíficas y culturales el capitalismo más agranda la distancia entre lo posible y lo permitido.

      Este último punto es crucial. La injusticia y la ausencia de libertad en las sociedades capitalistas "desarrolladas" es cualitativamente más grave que en otras porque aquí los impedimentos no son objetivos, no vienen impuestos ciegamente por el pobre desarrollo de las fuerzas productivas, al contrario, son subjetivos, son impuestos por las estructuras de dominación. Aquí es la estructura política de opresión la que impide por múltiples medios la realización revolucionaria de las potencialidades omnilaterales dadas en el grado de evolución productiva, tecnocientífica y cultural alcanzado, que es verdaderamente rico y capaz de grandes avances. Lo realmente grave y patético, es que la dialéctica entre la potencialidad objetiva y el impedimento subjetivo, hace que se interpenetren las causas y efectos, de modo que, durante el proceso, dentro de las masas occidentales se genera una dinámica justificatoria de la explotación del llamado Tercer Mundo para mantener el flujo de riqueza expoliada que, en parte, beneficia también a las masas, aunque sean los despojos del festín burgués.

      En las sociedades precapitalistas o capitalistas "subdesarrolladas", esas potencialidades están constreñidas no sólo políticamente, por la estructura de opresión de clase, patriarcal y etnonacional, sino a la vez por la limitada potencialidad global alcanzada. Precisamente una demostración irrebatible de las potencialidades impresionantes que alcanzaríamos en las sociedades occidenatales emancipadas, superadas las trabas sociopolíticas, es que los pueblos "subdesarrollados" que han superado las suyas, que han avanzado revolucionariamente siquiera un corto espacio de tiempo, han conseguido logros materiales y morales de una belleza y hermosa deslumbrante. Y eso que han partido de condiciones objetivas mucho menos propicias, más retardatarias y encorsetadoras que las nuestras. Los logros están ahí y no me voy a extender en ellos. La criminal obsesión del bloque imperialista por exterminarlos y borrarlos del mapa busca que no cunda el ejemplo ni en el resto de los pueblos empobrecidos ni en los enriquecidos.

      Si tuviéramos que poner un ejemplo diríamos que mientras las sociedades precapitalistas tributarias podían alcanzar una libertad escala 3 y empero permitían una escala 1; mientras las sociedades precapitalistas feudales podían alcanzar una libertad 4 y permitir una escala 2; mientras que las sociedades capitalistas "subdesarrolladas" podían alcanzar una escala 6 y permitir una escala 3, mientras es así -en este ejemplo- las sociedades capitalistas desarrolladas pueden alcanzar una libertad potencial 15 desarrollando una libertad real de 15, y lo que ocurre es que sólo permiten una de 5, es decir, la distancia entre lo posible y lo permitido es mayor, cuando precisamente es mayor el potencial emancipador.

      Esta y no otra es la diferencia cualitativa: cuanto más libres podríamos ser porque existen las capacidades prácticas, posibles y potenciales, menos lo somos realmente porque estamos más distanciados entre eso que es posible y esto que realmente somos. Lo patético es que las causas son políticas. Lo amargo es que a esa impotencia impuesta que nos frena la explosión de creatividades, le llamamos libertad. Lo insoportable es que, encima, pensamos que esa impotencia impuesta, esa "libertad" ilusoria, es el modelo que debemos exportar al resto del planeta.

      5-3.- Libertad y dogma:

      El fundamentalismo cristiano oculta esta contradicción a la fuerza, incluso cuando critica al capitalismo desde la Teología de la Liberación, como veremos en su momento. La responsabilidad del fundamentalismo cristiano es pues mucho más grave que la de los otros fundamentalismos, incluido el sintoísta japonés, ya que sobre sí descansa el histórico silenciamiento de una situación incalificable. De hecho, toda religión ha de ocultar esa desproporción. Ha de hacerlo por una razón muy sencilla y eminentemente lógica: no puede responsabilizar a su dios del antagonismo entre la libertad y la felicidad humana posible y la opresión y la desgracia real. Los fundamentalismos sapienciales han logrado mejor eludir el problema que los proféticos, pero tampoco lo han resuelto: sólo lo silencian, como es el notorio caso de Buda según la tradición.

      El judaísmo ha responsabilizado al pueblo pecador y ha liberado así a Yahvé. El islamismo se debate entre un determinismo fatalista explícitamente reconocido en el Corán y un subterráneo albedrío que late por debajo del dogma y que reaparece carnalmente exultante en las noches del Ramadán, cuando es permitido excederse en delicias sensuales para recuperarse de los sacrificios diurnos. Pero el cristianismo no ha conseguido nunca resolverla: 'misterium morten' y 'misterium iniquitatis', dos problemas lógicamente irresolubles desde la creencia en la bondad intrínseca de un dios omnisciente y omnipotente.

      Ningún fundamentalismo puede resolver esa contradicción: libertad y dogma son antagónicos. Y la fe, junto a la especulación teológica, que es el consuelo idealista de la ignorancia, aparece como la solución incomprendida e incomprensible. El fundamentalismo cristiano también es en esto el más retrógrado. La fe, dice, es una de las tres virtudes teologales y una gracia concedida por dios. Una vez aquí, en este agujero, no existe otra alternativa de salida que la admisión de la doble verdad, de la revelada por dios y de la científica. La primera sólo está a disposición de los agraciados por la fe, de los creyentes, y la segunda, la científica, a disposición de todos, de los creyentes y de los ateos o agnósticos. Por tanto, los creyentes tienen una clara ventaja, son superiores, ven más lejos, conocen cosas que la razón desconoce porque le falta el instrumento de la fe. Los creyentes tienen así una neta superioridad sobre los no creyentes. Sólo ellos pueden definir entonces, en base a su especial y exclusivo conocimiento, lo que es fundamental de lo que no lo es, lo que es en sí bueno intrínsecamente de lo que es intrínsecamente malo. No importa aquí la discusión entre protestantes y católicos sobre la interpretación de la Biblia, la salvación por las obras o por la fe simple, etc. Lo que importa es su pretensión de exclusividad, de monopolio.

      Los cristianos han intentado desatar este nudo gordiano sabedores de que es insostenible argumentar la igualdad y mucho menos la superioridad de la fe sobre la razón. Ahora bien, que sea insostenible no ha evitado que cristianos célebres la hayan asumido; de hecho, en última instancia, inevitablemente, todo cristiano debe asumirla y defenderla al final. Tertuliano (150-222) lo hizo explícitamente. A él se debe esa irracional afirmación de que "creo porque es absurdo". Por esas mismas fechas, Clemente de Alejandría (150-215) tuvo que avanzar un paso: la razón puede ayuda a la fe, pero siempre y cuando se mueva dentro de los senderos marcados por ésta: la razón al servicio de la fe. El problema seguía irresuelto y Agustín de Ipona (354-430), recuperando a Platón, sostuvo que había dos clases de razón: la fe es la razón superior y la filosofía la razón inferior. Más tarde, Tomás de Aquino, falsificando a Aristóteles, tuvo que avanzar más que Agustín poniendo a la par fe y conocimiento razonado, pero afirmando que cuando surgía una contradicción entre ellos, era el conocimiento el que estaba o atrasado, o errado o mal planteado, y que debía hacerse un esfuerzo más intenso hasta que alcanzase el nivel que ya tenía el conocimiento adquirido por intervención de la fe. Por último, por no extendernos, la situación se hizo tan insostenible que Theillard de Chardin (1881-1955) ha rizado el rizo mezclando evolucionismo, creacionismo y epistemología diciendo que al final, junto a la evolución, la ciencia y la fe confluirán en el Punto Omega. Pero también abundan los cristianos que sostienen que la ciencia no tiene razón cuando se enfrenta a la Biblia.

      La libertad humana corre un serio riesgo allí en donde una parte de la nuestra especie se cree depositaria y poseedora de un conocimiento superior; un conocimiento no falsable ni verificable científicamente, no sometido ni sometible a criterio de veracidad alguno. La libertad humana, y todo lo que le precede, acompaña y antecede, es medible, cuantificable, porque tiene contenidos objetivos y subjetivos esencialmente idénticos para toda la especie. Pero cuando una parte de ésta, la creyente, créese poseedora en monopolio exclusivo y excluyente del saber básico y esencial por cuanto trata de dios, de un conocimiento especial, único, la fe, y además lo cree por dogma, es decir, indemostrable por métodos científicos, entonces esa parte de hecho, en la práctica, se distancia del resto.

      Nadie puede impedir ni negar ese distanciamiento: tienen derecho a constituir sus grupos, sectas y movimientos. Pero, la historia enseña multitud de aleccionadoras prácticas y comportamientos sobre la tendencia de esos sectores que se creen monopolizadores de un saber superior y único, a arrogarse atribuciones, derechos y obligaciones precisas, únicas y excluidas al resto. De entrada, las religiones y sobre todo el cristianismo, son internamente antidemocráticas aunque en algunos momentos algunas facciones suyas hayan aplicados algunos métodos democráticos. Todas tienen un centro de poder interno, un grupo selecto capaz de interpretar el mensaje y la voluntad de dios correspondiente. Después, unas antes que otras, pero todas ellas impelidas por la misma necesidad, se lanzan a convencer a los demás de las únicas excelencias de su mercancía propia. Y no tarda en llegar el momento en el que piden ayuda a los poderes establecidos o éstos se lo piden a ellas, o ambas cosas suceden a la vez.

      Entonces, la tentación totalitaria, controladora y absorbente aparece con toda su fuerza. Las libertades ajenas, empezando por las de los ateos, agnósticos e indiferentes, son paulatinamente sometidas a la voluntad de dios, que es la libertad suma. Tentación totalitarista que nace de la naturaleza religiosa: teocracia como perfección social. No se expresa siempre de forma directa aunque sí está latente. De hecho deben si no dictar e imponer a los demás el comportamiento, sí al menos advertirles qué, cómo, por qué y para qué deben actuar. El cristianismo ha gastado enormes fuerzas en mantenerse en el poder. El protestantismo es la versión cristiana del capitalismo desarrollado: fundamentalismo incrustado en la mente burguesa por muy laica que diga ser. Los fundamentalismos católico y ortodoxo responden a otras fases del poder de clase, patriarcal y etnonacional.

      5-4.- Cinco mandamientos:

      Todas las religiones analizadas aquí tienen unas constantes identitarias que dan cuerpo al fundamentalismo dogmático que luego, en la práctica sociohistórica, aparece claramente expuesto en identidad de comportamientos. Si bien cada religión tiene sus mandamientos y sus preceptos propios, enumerados y enunciados según las coordenadas mentales del contexto histórico en el que fundamentó su dogma, todas coinciden en cinco mandamientos esenciales que, en realidad, provienen de la praxis histórica de nuestra especie en un período determinado, prolongado durante casi tres milenios, pero muy reducido en la larga historia humana.

      Las constantes a las que nos referimos son estas: no matar, no mentir, no robar, respetar la propiedad sexo-económica y respetar la autoridad paterna. Hay otras constantes parciales y secundarias que o bien aparecen entre determinadas religiones, pero no en todas, o bien conciernen a prácticas secundarias, no dogmáticas y sí temporales, por lo que no nos vamos a extender ahora en ellas. Decimos que las básicas provienen de la praxis histórica ya que, al margen de la interpretación religiosa, reflejan las relaciones de fuerza y poder dentro de la historia humana, así como, a la vez, las certidumbres culturales de supervivencia colectiva dentro de esos marcos. Desde luego que existen contradicciones internas muy fuertes pero precisamente ellas demuestran la inmanencia de las normas que no su transcendencia, como afirman las religiones.

      El fundamentalismo religioso ha roto la dialéctica de lo esencial y de lo accesorio, de lo fundamental y de lo secundario, al elevar esas normas al carácter de mandamientos. De esta forma todos y cada uno de los mandamientos terminan por beneficiar al poder establecido. Veámoslo uno a uno:

      No matarás es un "convenio colectivo" que asegura la supervivencia del grupo en un entorno extremadamente agresivo, amenazante y precario. Se ha dicho que en las condiciones de extrema incertidumbre existentes en el paleolítico, justo cuando el Pithecantropus pekinensis logró controlar el fuego, en esas condiciones, las reducidas bandas debían cuidarse solidariamente dentro de ellas, no llevar las tensiones a momentos de peligro, repartir la comida, atender el fuego permanentemente, planificar colectivamente la caza y sobre todo la recolección de frutos, raíces y hierbas, explorar tierras nuevas para el grupo, etc. En situaciones así, que duraron miles de años, el conservar la vida era más un logro colectivo que individual. El "no matarás" debió crearse entonces como una necesidad colectiva de sobrevivencia, una implícita aceptación incondicional de la supremacía del colectivo sobre el individuo.

      Pero el desarrollo de la producción de excedente social, de los inicios de la propiedad y el surgimiento de la guerra de saqueo y botín, de obtención de esclavos, trastoca en poquísimos siglos, comparado con el prolongado período anterior, ese necesario convenio interno. Es entonces, justo al aparecer minorías dominantes compuestas por sacerdotes-guerreros masculinos, cuando se absolutiza unilateralmente y se dicta qué institución designa las excepciones al "no matarás", es decir, las condiciones en las que sí se puede matar, entonces el mandamiento general se desliza a la sombra del poder establecido. Las castas dominantes, monarquías e imperios, la clase opresora, el Estado, los jueces...son los que aplican la muerte. Una minoría tiene el derecho de decir a quién, cuando, cómo, por qué y para qué se puede y hasta se debe matar. Se ha expropiado a la mayoría el control efectivo de ese "convenio" que ha devenido en un poder y privilegio de la minoría.

      Las religiones se convierten en piezas claves en la legitimación de ese proceso de expoliación a la colectividad de la administración del "no matarás" y de entrega, en uso monopolístico, a la minoría rica y dominante. Durante siglos, las religiones estuvieron esencialmente unidas en lo material y simbólico a esas minorías, y algunas de ellas siguen estándolo. La evolución concreta del cristianismo, desde la irrupción de la burguesía, ha sido la de desligarse parcialmente en la simbiosis material pero conservando o incrementando -la nueva derecha yanki, por ejemplo- la simbiosis simbólica y legitimadora.

      No mentir es otro "convenio" que nace de la necesidad de todo colectivo de tener acceso a información veraz, rigurosa y contrastable. Sin ella es imposible sobrevivir. En la extrema precariedad anterior a la revolución neolítica, debió ser decisivo el conocimiento lo más exacto posible de la situación alimentaria en todos sus aspectos. Pero no sólo eso, además, dependiendo en grado sumo de un mundo azaroso y muy desconocido en sus procesos, los humanos tenían que fiarse unos de otros hasta grados de depender de su vida de la objetividad de las informaciones dadas. En "no mentir" se relacionaría estrechamente con el "no matarás" en el sentido de que la veracidad informativa permitiría conservar la vida colectiva e individual. El "no mentir" tendría también directas repercusiones sobre el perfeccionamiento del saber colectivo y de los rudimentos de una tecnología que rozaría el tránsito del empirismo estrecho al inicial conocimiento teórico transmitido oralmente de generación en generación.

      Pero cuando se desarrolla una estructura jerarquizada de producción de sentido y de "verdad" desaparece la capacidad de cualquiera para hacer oír su experiencia vital. Esa estructura aparece simultáneamente a la consolidación de la minoría sacerdotal-militar masculina acaparadora de partes crecientes de excedente social. Esa minoría, que monopoliza el saber escrito y los rudimentos precientíficos de la crecida de los ríos y de las cosechas, escinde el "no mentirás" en función de sus intereses en crear una verdad propia, de dominación. Ella miente a las masas, e incluso llega a utilizar trucos mecánicos para aparentar milagros asombrosos. Pero ella dice la verdad en cuestiones decisivas para aumentar el excedente: el calendario lunar y solar; las crecidas de ríos para regar los valles; los sistemas de cruce y selección empíricas de especies; las técnicas de conservación de alimentos; las técnicas de fundición de metales, etc. La dialéctica mentira-verdad va unida a la de matar-no matar en un proceso mixto: legitimar el poder emergente y fortalecer sus medios de violencia interna y externa. No mentir pasa a ser entonces decir lo que el poder quiere que se diga. Y el que se resiste queda de inmediato descalificado además de como mentiroso, sobre todo como hereje, falsario, subversivo, o también de loco, pervertido, desquiciado y psicópata.

      Las religiones son poderes decisivos en el triunfo histórico de esa escisión elemental. De un lado, acaparan la definición de mentira y de verdad según las definen sus dogmas, siendo por tanto necesario su concurso para mantener las estructuras de poder. Pero, de otro lado, están presionadas por dos fuerzas tensionadoras: una, las resistencias latentes o activas de las masas, que tienden a desbordar periódicamente los diques dogmáticos y, otra, la creatividad difícilmente controlable del pensamiento humano, sobre todo cuando emplea metodología científica. Ambas fuerzas generan contradicciones globales que están en los orígenes del autoritarismo fundamentalista. Pero tales arrebatos represores, si bien apuntalan durante algún tiempo el dogma, a la larga y muchas veces muy pronto, lo debilitan. Tal contradicción es la causa de que las religiones tiendan siempre a recurrir a la dialéctica mentira-opresión, en contra de la de verdad-libertad.

      No robar es ya otra cosa pues la propiedad privada surge en un período muy tardío y muy reciente en nuestra especie. No mentir y no matar son "convenios" muy necesarios en el paleolítico pero no tiene ningún sentido el no robar cuando no hay excedente o es ínfimo y su distribución colectiva. Más aún, el "no robar" carece de sentido cuando la supervivencia colectiva e individual depende del mantenimiento de la vida de los demás y de las relaciones verdaderas entre el colectivo. Tengamos en cuenta que la muerte de un joven apto, sano y ágil, supondría una grave merma en una colectividad muy reducida, por lo que mantener la unidad vital de todos ellos, y su buena hermandad, sería imprescindible. Otro tanto ocurriría con las parturientas y el control social de la natalidad, así como con las personas ancianas, guardianes del conocimiento colectivo.

      Se roba cuando uno tiene más que otro y esa tenencia está sancionada legalmente como propiedad privada, al margen de su forma histórica. Al comienzo, el robo se produciría más entre colectividades que entre individuos, según la diferencia de excedente acumulado entre ellas. Las primeras religiones permitían y justificaban el robo a otros colectivos y hasta las peores atrocidades con sus miembros apresados: muerte instanténea, sacrificios humanos y canibalismo ritual, esclavización primero de las personas jóvenes, especialmente hembras y después de los hombres, etc. Es la larga época histórica de lo que se ha llamado "religión grupal", "étnica" o "etno-nacional", e incluso "religión de las ciudades-estados" y sobre todo, de los imperios tributarios y fluviales. No podemos analizar ahora cómo partes esenciales de sus dogmas pasaron luego a las grandes religiones aquí estudiadas.

      Más adelante, el mandamiento de no robarás beneficia en todo a las clases poseedoras, que son las dominantes. Las religiones aquí analizadas surgen sobre la realidad clasista, cuando ya existe la propiedad privada plenamente asentada. Desde entonces, las religiones se agitan en una contradicción tripolar: de un lado, deben defender la propiedad privada, empezando por la suya; de otro, han de responder de algún modo a la injusticia que nace de la propiedad privada y sobre todo, han de responder a las preguntas de sus miembros que se interrogan sobre si dios o Alá, por ejemplo, son pobres o ricos, reparten lo que tienen o se lo quedan. Por último, el tercer polo es el de la postura de las religiones cuando los Estados a los que sirven y legitiman se lanzan a guerras de expoliación y robo que redundan en un aumento de la propiedad de las burocracias religiosas.

      Respetar la propiedad sexual es una imposición patriarcal anterior a la propiedad privada económica, pues la propiedad privada sexual es una de las bases sobre las que se sustenta la propiedad económica, y no a la inversa. Más aún, los datos disponibles sugieren que la propiedad económica originaria era propiedad sexual, dominio, control y explotación de la mujer como unidad psicofísica de fuerza de trabajo y reproducción biológica. Ocurre que las religiones son medularmente patriarcales. La forma cruda de expresar ese mandamiento es no adulterarás, es decir, prohibir la libertad sexual porque en su origen, durante la sedentarización agrícola del neolítico, el sexo era también, además de placer, un medio de producción de bienes que de inmediato entraban en la propiedad privada del marido, y la mujer una herramienta más del poder patriarcal y de clase masculina.

      La propiedad sexual es decisiva en las religiones porque todos los dioses principales son masculinos. Hace aproximadamente tres milenios, se inició el proceso de definitiva depuración de las diosas e implacable ascensión a los puestos de poder religioso, de los dioses. Ello no quiere decir que anteriormente, las diosas fueran las dominantes, en absoluto. Quiere decir que no estaban tan marcadas las relaciones de opresión patriarcal dentro de los panteones religiosos. Las diosas eran, por lo general, las garantes de la fecundidad y la riqueza, del conocimiento de la recolección y de las relaciones internas. Según esta división sexo-religiosa de las funciones divinas fue superada por el aumento del excedente social y fortalecimiento del patriarcado simultáneo al militarismo neolítico, en ese proceso, las diosas fueron apeadas de su poder.

      Respetar la autoridad paterna, ahora dicho como "honrarás a padre y madre" es también una imposición muy reciente en nuestra historia.

      Este mandamiento careció de sentido en la larguísima época durante la cual se desconocía la ciertamente pequeña función del padre-biológico en el acto procreador. Va surgiendo conforme se conoce esa función y a la vez se impone la dominación del padre, la paternidad patriarcal y la continuidad de la propiedad privada mediante la herencia de los hijos del padre, que no de la madre y menos de las hijas. Ya para entonces el "no matar" y "no mentir" han quedado disueltos en la violencia y "verdad" del poder establecido. Para entonces, la mujer es ya propiedad sexo-económica del macho. Las diosas han sido desplazadas por los dioses. El saber social se ha transformado con la irrupción del paradigma penocéntrico y el poder social se ha reforzado con la simbología falocrática del militarismo patriarcal.

      Las religiones no son, en modo alguno, ajenas a esa dinámica. Sus burocracias han trabajado intensamente para criminalizar y a la vez mitificar a la mujer; para presentarla como ser débil, pecaminoso, inconsciente y turbador. Por contra, los atributos sociales dominantes son los masculinos, fuertemente militaristas y agresivos. En este universo de referentes patriarcales la propiedad privada está protegida por el no robar, y muy especialmente la propiedad sexo-económica por el no adulterar. Para cerrar el círculo se obliga a respetar la familia patriarcal en cuanto elemento de concentración y centralización de propiedad sexo-economica, producción de "verdad" mediante la "educación" y socialización primaria, y de la pasividad irracional ante la violencia del poder con la creación de personalidades obedientes, sumisas y alienadas.

      El fundamentalismo religioso, al margen de sus formas de expresión, tiene como esencia definitoria estos cinco mandamientos. Dependiendo de circunstancias y momentos, se desarrollarán integrismos específicos y particulares que no cuestionan en absoluto la fundamentación dogmática sino que, en todo caso, exigen su rigurosa, exacta e íntegra aplicación. Una vez aquí, con este bagaje reaccionario, el fundamentalismo puede y debe justificar determinadas constantes prácticas.

      5-5.- Cinco prácticas:

      Son prácticas que desbordan los horizontes marcados por los mandamientos debido a que éstos, por sus innatas limitaciones y contradicciones, nunca pueden aconsejar o reprimir, imponer o excluir todas las prácticas sociales. Por eso, las religiones coinciden también en cinco práctica que se agudizan en momentos de reafirmación fundamentalista.

      La primera es la supeditación de la mujer al hombre. Todas las religiones aquí analizadas asumen esta identidad fundamental, aunque hay entre ellas diferencias de intensidad y forma de aplicación que nos remiten a sus específicas condiciones de asentamiento y luego a sus evoluciones históricas. Todas ellas son andróginas y misóginas: dios es macho y aunque hay sacerdotisas en algunas de ellas, lo son en la medida en que se han identificado con los valores penocéntricos de su dogma. El hinduismo, que es el más "liberal" en este sentido, camina empero hacia una centralización andrógina creciente, que corresponde a la inevitable equiparación a escala religiosa del poder patriarcal en la India. El budismo es eminentemente patriarcal, como el islamismo, judaísmo y cristianismo. El hinduismo y el budismo jamás han combatido las criminales costumbres de sacrificar mujeres en las tumbas de sus marido. El confucianismo y el taoísmo, por su parte, tienen en el culto a la familia patriarcal, al linaje del padre, uno de los ejes básicos de su liturgia que además sólo la pueden practicar machos, y tampoco se han opuesto a las violencias contra las mujeres.

      La segunda es el profundo autoritarismo social y una muy clara minusvaloración o desprecio incluso de la democracia, sin discutir ahora su contenido socialista o burgués. No puede ser de otra forma: el fundamentalismo se dice depositario de la revelación divina, de la voluntad y planes de dios. Puede tolerar determinadas formas semidemocráticas pero siempre que no cuestionen el dogma. La historia humana rezuma sangre y dolor debido a la permanente tentación teocrática, totalitaria e impositora de las religiones. También aquí hay diferencias entre ellas, pero al final surge siempre la pugna entre libertad y dogma. El caso extremo llega con el integrismo. Excepto en contadas luchas en las que algunas sectas o fracciones religiosas no dotadas de poder oficial, han optado por las masas oprimidas, la inmensa mayoría de decisiones prácticas de las religiones han sido en beneficio del poder establecido.

      La tercera es que si no conquista el poder absoluto, intenta al menos alcanzar gran poder de presión y control. Es lucha política en sentido lato y duro entre fuerzas clasistas, de sexo-género y etnonacionales. Aunque importa saber si un fundamentalismo es opresor o de respuesta, aquí nos interesa el que al final lo que buscan si no consiguen la teocracia es condicionar desde las cotas de poder alcanzadas al resto de la vida colectiva. No se contentan con estar al margen, ser "religiones privadas". Al contrario, el fundamentalismo es impulsado por su creencia en que sólo él es el depositario de la "verdad" y que, por tanto, debe anunciarla a los demás. Peor aún: está ciegamente convencido que esa es su misión en la tierra -"evangelizar", "convertir", "islamizar", etc.- para salvar del infierno -todas las religiones creen en él- a los incrédulos, paganos e inocentes. Más grave aún: la predeterminación agudiza esa dinámica hasta lo trágico e inhumano.

      La cuarta es que, además, en base a lo anterior, sostienen que ellos o el fundamentalismo en su identidad, poseen el conocimiento definitivo de la perfecta sociedad. Aunque también aquí hay diferencias entre las religiones, su esquema es el mismo. Los musulmanes dicen que el Corán regula toda la existencia. Los cristianos que la Biblia aunque sus diversas corrientes la interpretan a su modo, pero a diferencia del islamismo, y sólo tras durísimas luchas sociales, el cristianismo ha tenido que renunciar a la teocracia descarada reemplazándola por una más sutilmente penetrante. El judaísmo de la diáspora regula la vida en sus problemas centrales, y en el sionismo legitima los crímenes israelitas. Las religiones sapienciales hacen lo mismo pero sin tanta parafernalia ni bombo deista.

      La quinta y definitiva es que lo anterior se sustenta en la creencia de que el fundamentalismo deriva de dios, es el intérprete privilegiado, fiel, único y oficial de la voluntad divina. Repetidamente hemos denunciado esta pretensión que niega y rompe de cuajo lo más definitorio de la naturaleza humana. No nos vamos a extender sobre ella. Las cinco prácticas y mandamientos del fundamentalismo le separan radicalmente de cualquier práctica plenamente humana: histórica, inmanente, autoconstruida, libre y natural.

      5-6.- Liberación y dios:

      Dentro de las religiones y con mayor fuerza en las proféticas, siempre ha habido corrientes "de izquierdas" y "progresistas", en el sentido de defender los intereses de las mayorías oprimidas e integrarlos en una perspectiva de futuro. Periódicamente tales corrientes han realizado intentonas emancipadoras terrenales o al menos ha forzado más allá de lo permisible la legalidad oficial. Bastantes de ellas fueron masacradas por sus mismos correligionarios; otras fueron integradas y absorbidas, tras depurar a sus sectores más radicales.

      Basándose en esa innegable experiencia histórica, de la que también se reivindican movimientos revolucionarios ateos pero por otros motivos, algunos creyentes sostienen la tesis de que se puede compaginar en la práctica, en la "ortopraxis", liberación con dios. La Teología de la Liberación es, en el cristianismo, la más reciente y acabada interpretación en este sentido, aunque está muy mediatizada por las tremendas condiciones de explotación existentes en América Latina. La Teología de la Liberación, empero, tiene serios contrincantes políticos y de fe en las organizaciones evangelistas norteamericanas que, ayudadas por inmensas subvenciones económicas de origen siniestro y sucio, propagan otra forma de alienación religiosa, esta vez reaccionaria y pasiva.

      Muchos creyentes han dado su vida por la liberación de las masas; han sido detenidos, torturados, encarcelados y asesinados o "desaparecidos". El problema central a la hora del debate entre revolucionarios creyentes y ateos, sean marxistas, socialistas, anarquistas, etc., no radica en las tácticas y medios, e incluso en los objetivos y fines a conseguir. En eso y en muchas más cosas se está de acuerdo: es la propia dinámica de lucha, sus exigencias inevitables y las inmediatas medidas que hay que tomar, la que les acerca y les hace superar los recelos y suspicacias sectarias.

      El problema serio radica en el concepto último, filosófico y humanista, de liberación, de realización y autoconstrucción humana. Hay que insistir en que este debate no obstaculiza, al menos desde los revolucionarios ateos, la estrecha unidad práctica y militante con lo creyentes. Es más, desde siempre han sido las fuerzas religiosas las que más pegas y obstáculos han puesto a dicha colaboración e incluso han prohibido cualquier unidad de acción por nimia e insustancial que fuera. Cuatro son las distancias absolutas que separan a los revolucionarios creyentes de los ateos en lo que se refiere al concepto último de definición de la especie humana. Aquí y por razones obvias nos vamos a centrar exclusivamente en la Teología de la Liberación y todas las referencias parten de su concepción teológica.

      En primer lugar, desde una perspectiva religiosa, todo pensamiento ha de seguir el dogma, existencia de dios, santísima trinidad, encarnación del dios-hombre y su sacrificio para erradicar el pecado de este mundo, etc. Los irresolubles problemas epistemológicos y científicos que ello acarrea al ateo no son tales para el creyente que admite por fe que un ser, dios, sea a la vez padre, hijo y espíritu santo, capaz de preñar a una mujer sin romper su himen, de la que nacerá ese mismo ser pero convertido en hombre-dios, etc. Supongamos que el ateo y el creyente se ponen de acuerdo para no discutir sobre el particular y respetar cada cual el derecho del otro a pensar o creer cualquier cosa. Aun y todo así el problema no está resuelto en absoluto.

      No lo está porque el creyente a la vez que parte de dios, tiende hacia él, su creencia es circular: la liberación debe concluir en la reafirmación de dios mediante la liberación del hombre siguiendo el círculo cerrado del dogma. No hay posibilidad de salirse de él pues se caería de inmediato en el pecado y por tanto, la liberación sería imposible. En la liberación cristiana el fin es el principio, eternidad inmóvil, reino de dios bajado a la tierra. Se restablece la voluntad divina, cuestionada por el pecado original, por la caída. La liberación sólo es posible tras el sacrificio del dios-hombre que ha lavado con su dolor nuestra culpa, la culpa humana, la que todos llevamos por el pecado original y nos determina en todo.

      El ateo no acepta en modo alguno semejante interpretación. Para él la liberación humana no es circular, no vuelve al origen, al paraíso del que fue expulsado. La liberación es el mismo proceso de autoconstrucción, autogénesis siempre compleja y tensa. Lo que le separa del creyente es una concepción de la especie humana totalmente diferente. Y la historia de la emancipación indica que esas diferencias también tienen su importancia a la hora de la felicidad cotidiana. El ser humano no es una cosa acabada, creada desde fuera por y para una voluntad inaccesible. El ser humano es su propia autoconstrucción.

      El segundo lugar, es tal la distancia entre el militante ateo y el militante creyente, que la Teología de la Liberación insistió desde un principio en que no tenía ninguna relación esencial con la filosofía materialista y atea, que su relación era instrumental y accesoria, como una muleta. La Teología de la Liberación no tiene más remedio que reconocerlo así, pues de lo contrario se negaría ella misma como teología, como "conocimiento de dios". Y es que ese conocimiento es especial. Ya hemos hablado de la tesis de la "doble verdad", la de la fe y la de la ciencia. La Teología de la Liberación acepta esa tesis y cree mejorarla: la gracia de la fe, la contemplación de dios, se perfecciona y ahonda mediante la evangelización "verdadera", la que va a los pobres, a los desheredados.

      El creyente parte de la "verdad" de dios y busca evangelizar a los pobres comportándose con ellos algo parecido a como se comportó dios-hombre, Jesús el Cristo, con la Humanidad: el sacrificio en la cruz fue la redención de los pecados. El creyente hace de su sacrificio militante la redención material de la opresión del pobre, del paria. Su capacidad de análisis de la sociedad está "enriquecida" por la vivencia mística de la fe y de la "verdad": tiene más conocimientos, piensa, que el ateo, que carece de los datos de la "revelación".

      El ateo parte de la verdad como proceso de superación y de transformación inmanente, no como revelación. No necesita al Cristo crucificado para tomar fuerza de su dolor y entrega; las obtiene de su conciencia y de su ética individual y colectiva, finita y terrenal. No busca redimir a nadie: busca la autoemancipación colectiva. No acepta el pecado original, la caída en desgracia por cometer pecado de soberbia, la expulsión del paraíso por comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. No lo hace porque lucha por eso: que la especie llegue a ser más que dios gracias a haber no sólo comido de ese árbol sino haber plantado y hecho crecer el árbol. El ateo, en suma, no sólo come del árbol del bien y del mal, sino que él mismo ha plantado ese árbol. Más aún, la práctica humana ha construido ese árbol durante siglos, podando sus ramas secas, regándolo, cruzándolo con otros árboles en busca de obtener mejores y más ambulantes frutos. La diferencia aparece aquí flagrante: mientras el creyente se limita a esperar los permisos superiores o, en el mejor de los casos, a rogar a estos que sean más humanos, el ateo revolucionario va directo a la acción, no pide permiso y no sólo planta, cuida y riega el árbol sino que además se come sus frutos. Lo hace con placer y fruición: con el gozo de la libertad autoconstruida.

      En tercer lugar, al luchar contra el pecado, al cumplir el mandato divino, el creyente no está siendo libre. Ningún creyente es libre en el pleno sentido de la palabra. Dejando de lado la predestinación y la omnisciencia divina, hay que decir que sólo el Angel Caído intentó ser libre. Conocemos su suerte: el infierno. Tienen razón los integristas y fundamentalistas más reaccionarios: sólo Lucifer rozó una vez la libertad y lo está pagando eternamente desde entonces. El resto de la corte celestial, arcángeles, ángeles, querubines, serafines, potestades, etc., son meros peones de dios. Los creyentes también. Su libertad, su liberación, es la aceptación pacífica del Poder Divino. El creyente no es libre porque cumple un mandamiento: el primero en el decálogo cristiano, "amarás a dios sobre todas las cosas". Su incumplimiento es la condenación o si se quiere la ausencia de la contemplación divina, el no gozo del éxtasis místico en la Vida Celestial. Por tanto no hay, no existe ninguna supuesta Teología de la Liberación en sentido verdaderamente cristiano. La Teología de la Liberación es un bluff en el sentido teológico porque trata de un problema que cristianamente hablando no es problema: la libertad.

      El ateo pasa realmente de estos galimatías indemostrables racional y lógicamente. Para él la libertad es cuantificable, medible, palpable. Se mueve en otra dimensión, vivencialidad y cosmos existencial. Respeta el derecho del creyente a imaginar esas cosas como respeta el derecho de un brujo a bailar la danza de la lluvia o a intentar ver el futuro en las tripas de un sapo. Pero el ateo rechazará con educada determinación todo "consejo" del creyente sobre su forma de vida. Sabe que para aconsejar a alguien hay que tener legitimidad. Y el problema para el creyente surge de su falta de legitimidad. No es que no tenga derecho a expresarse, nada de eso. Resulta que todo su esquema interpretativo de la realidad está viciado por el núcleo religioso, por la incapacidad cognoscitiva que le caracteriza. Ningún cristiano puede cristiano puede hablar de libertad porque, en su ordenamiento mental, esa cosa no existe. Por tanto, no puede aconsejar sobre algo que ni tan siquiera sabe qué es. Sí puede saber sobre sexualidad, porque tal vez la practique a escondidas, pecando, y puede decir algunas cosas sobre ella. Pero sobre libertad, sobre qué es ser libre, no puede decir nada.

      En cuarto lugar, la Teología de la Liberación es el último acto del egoísmo cristiano en condiciones desesperadas como las de América Latina. El cristianismo siempre ha tenido grupos que han intentado "lavar el pecado de la Iglesia", su colaboración con el poder terrenal, con el pecado. Por no retroceder mucho: ciertos teólogos intentaron lavar la imagen cristiana ante el marxismo en la Europa de los sesenta y setenta; antes otros habían intentado ganarse la confianza y el perdón por el colaboracionismo cristiano con el nazi-fascismo, etc.

      El egoísmo está dentro del primer mandamiento: si he de amar a dios he de limpiar su honor. Implícitamente el segundo mandamiento, "no usarás el nombre de dios en vano", obliga a lo mismo. Dicen que Jesús echó del templo a los mercaderes. El creyente debe lavar los pecados de la Iglesia. Cuando son horrendos, como el de colaboración con el imperialismo, los creyentes más sinceros sufren en su alma el pecado ajeno, como los mártires el de los arrepentidos al paganismo y Jesús los de la Humanidad. Es una exigencia de fe. Un mandato de dogma. Egoísmo es cumplir el mandamiento para no padecer Castigo Eterno, o Penitencia en caso de desobediencia y sobre todo, gozar del Premio Eterno.

      Toda religión es egoísta. Pero más aún las que pretenden realizar el "reino de dios en esta tierra". Egoísmo doble: quedar bien ante los oprimidos y bien ante dios. No existe ninguna diferencia entre el carlista que llevaba en el pecho el amuleto de "detente bala, dios está conmigo" -fetichismo cristianizado- y el cura rojo que lleva el crucifijo en el Kalavnikov AK-47: es la misma mentalidad de fondo, egoísta y miedosa. Otro tanto con los 'mujhaidin' musulmanes o los 'kamikaze' que se inmolaban en honor de su dios-emperador nipón. El miedo no paraliza al sujeto ante la muerte: lo paraliza ante la vida. Prefiere morir en un acto egoísta de salvación eterna que seguir viviendo en una lucha permanente que se sabe concluye en la nada de la descomposición de cuerpo.

      Aquí aparece una de las más irreconciliables diferencias entre el ateo y el creyente: el sentido de la vida, su valor y el de la muerte. No existe conciliación alguna pues el creyente recurre a los fundamentos de su fe: la Teología de la Liberación es sólo una variable más del fundamentalismo. Es un fundamentalismo de respuesta dentro mismo de la Iglesia. Responde con las mismas argumentaciones pero vueltas al revés al fundamentalismo que durante siglos a beneficiado al imperialismo. Desde siempre, los revolucionarios ateos han apoyado estas luchas pues sirven a la emancipación sociopolítica, pero siempre advierten que hay aún una parte substancial por lograr: liberarnos del "amor de dios".

      9/V/1995


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